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La forma de vida del campo fue básicamente igual durante siglos. Arar no tuvo más innovación que el empleo del arado de vertedera en vez del romano, sembrar se sembraba a voleo, de la cintura a la mano y de ella al surco, en una estampa ya clásica, luego venía esperar; escardar, a la vuelta del año, doblado sobre la sementera, apoyándose sobre el muslo izquierdo y trabajando con la mano derecha en el amocafre, irguiéndose de  vez en cuando con una mueca para soportar los riñones; y después llegaban los tiempos ardientes , jubilosos y agotadores de la siega, la barcina, la trilla, el ablentado… el envasado, el porteo, el entrojado…

En esos ciclos eternos, pegados a la tierra, había ocasión de conocer de  vista a los más variados pajarillos, la ratica, el verdón, el colorín, el siniestro  alcaudón, en su tiempo el zorzal, los gloriosos abejarucos del verano, con sus alas doradas, el pecho azuloso, las pinceladas rojas, altos delante del sol, tan hermosos como las aves tropicales, con sus piar armonioso;  la totovía,  la abubilla que hacía olvidar  con su belleza sus sucias costumbres, la cujá, en lo que había quedado su nombre castellano de cogujada… Los ruiseñores cantaban sus melodías en los arbustos de las lindes…

Conocer, se conocían también los nombres de todas las yerbas, las de los sembrados y las de los menchones , y cualquier fuentecilla tenía su nombre, aunque se secase en verano,  y cualquier loma, insignificante para el extraño, y las hazas, y los tajillos, y los cerros… y había visos en los caminos hasta con sus leyendas fantasmales…

En los años sesenta, empezó la Gran Emigración y las cortijadas, las aldeas, los cortijos, las casas aisladas, las ventas, se fueron quedando vacías del todo, con una vaciedad asombrosa, como de catástrofe natural. Sus nombres, los de las familias que las habitaban, apellidos y apodos, fueron devorados a toda prisa por el olvido, máxime cuando no había ya a quién recordar ni quien recordase.

Entraron cosechadoras forasteras, industriales, llevadas por hombres, operarios, desarraigados por unos meses de sus lejanos pueblos,  las caras ocultas tras gafas de sol, que se movían racionalmente por laderas anónimas para ellos.

Se plantaron miles de hectáreas de líneas armoniosas de olivos… que crecían callados en los campos callados, irrigados periódicamente de productos químicos que mataban al pie de la letra todo bicho viviente y toda hierba…solitarios… días, semanas de total soledad,  con los operarios más cercanos a diez, doce o veinte kilómetros, viniendo esporádicamente  en autos y volviéndose  luego a sus casas y a la televisión…

En unos diez años, entre los sesentas y los setentas, murió aquella civilización milenaria  y su vida fue absorbida por el Olvido, en todos los detalles que he dicho y más.

Pues bien, la Enciclopedia donde se guarda todo el saber de aquella civilización muerta, está también en la novela de Leonardo  Villena.

Aparte de su emocionante estética, lenta y afectuosa, en ella hay también conocimientos que ya podrían alimentar la Antropología (¿se acuerdan ustedes de aquella gran obra mexicana, “Los hijos de Sánchez”?

Porque Leonardo Villena es un testigo vivo y directo, mejor que si hubiera sido interrogado directamente por un antropólogo, porque lo cuenta todo con su emoción.

Él ha trabajado personalmente los campos, los conoce desde la mancera del arado, ha compartido las papas con las cuadrillas de segadores, y sabe que por no perder turno, en el sistema de cucharada y paso atrás, era preciso tragarse los bocados tan calientes que ulceraban la boca y la garganta.

Sabe que las hogazas se mantenían bajo los sobacos, y que a veces era preciso comer los cantos de pan húmedos del propio sudor.

Eso  es preciso haberlo vivido o visto al lado, en la faena. Para contarlo, es preciso tener un talento natural, como también lo tuvo Miguel Hernández, para contar o cantar lo suyo, pero también tener estudios.

Cuántos de aquellos jornaleros, o escardadores, o segadores, o arrancadoras  de garbanzos y yeros, y siempre guisadoras para sus maridos o hijos, no los tuvieron, y han tenido que quedarse mudos!

Leonardo Villena pudo expresarlos. Así, con sus palabras, nace un mundo inmediato, pero hasta ahora casi desconocido, sobre todo desde dentro de él, cuyos habitantes se vuelven por primera vez, como los de las “Uvas de la ira”, personajes, y hasta ahora sin ira. Tranquilos, trabajadores, familiares, amigables.

Esto hace que no sea sólo un texto para la Antropología. Largos extractos, capítulos enteros de  la novela, deberían ser leídos en las escuelas y sobre todo las del medio rural. Les darían a los escolares los rostros humanos de las vidas de sus abuelos y bisabuelos.  Les harían amar sus formas de vida. Desear conocer también los nombres de los pajarillos y las yerbas, mientras haya alguien que sepa conocer un verdón.  Acaso, volver al campo, esta vez con ordenador e internet.

Leonardo Villena tiene cuatro años menos que yo. Por tanto, nació en 1945, supongo. Es juvenil y bregador. Tenía quince años al empezar los sesentas. Quince años de niñez, preadolescencia y adolescencia, son la eternidad, sobre todo cuando se vive en el paraíso, la tierra amada. Todo se queda en la memoria, todo, asombrosamente. En los sesenta tendría tiempo para hacer todavía las faenas que he referido, pero poco a poco, todas se fueron quedando atrás. Aunque guardadas en su memoria.

Una respuesta

  1. Rogaría a este escritor costumbrista, historiador del pasado e infatigable buscador de archivos, que no nos deje sin una novela o relatos cortos ,donde la historia cercana de estos pueblos, tan cargados de historia, que conforman el Valle de Lecrin, la Alpujarra, la Costa de Granada, vuelquen en su amena pluma, esas pequeñas anécdotas, dichos, leyendas y relatos que, pasados los años, sean capaces de enseñar a nuevas generaciones, historias, dichos y costumbres, que quedaran sumidos en e lolvido, si personas con esta facilidad de trasmitir, y este gracejo en la redacción, silencian su pluma y su sabiduria

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